Un episodio cotidiano reabre una pregunta urgente: ¿cuánta violencia contenida estamos cargando?Hay escenas que no deberían ocurrir. Y sin embargo, ocurren.
Esta mañana, en una vuelta simple por el barrio, de esas que forman parte de la rutina, como ciudadana saque a pasear a mi perra. Una ovejera que caminaba a mi lado, como tantas otras mascotas que encuentran en ese momento del día un espacio de juego y distensión.
Había llovido. Las calles de tierra no eran una opción, por lo que el recorrido cambió. Solo eso. Un cambio mínimo, una decisión cotidiana, una vuelta en la manzana del barrio.
Al pasar frente a una vivienda de calle 40 e/1 y 3 lo esperable: ladridos. Perros que reaccionan ante la presencia de otro. Uno desde adentro, otro en la vereda. Corridas, tensión, pero sin agresión real. Sin mordidas. Sin ataque, una escena conocida.
Pero lo que vino después rompió todo sentido de proporción.
De la casa salió un hombre con un fierro largo, de camión con un gancho en la punta. Sin mediar diálogo, sin intentar separar, sin esperar que el momento se disuelva como suele suceder, descargó su violencia sobre el animal. Dos golpes certeros sobre el lomo.
Del otro lado, atine sorprendida a decir: «Pará que no se están mordiendo, espera un ratito y se les pasa……”.La respuesta fue un insulto y meterse cobardemente dentro de la casa nuevamente.
La perra siguió caminando, pero ya no era la misma. El dolor empezó a notarse en cada paso. Ahora está dolorida, casi sin poder moverse. De milagro, los golpes no dieron en zonas que podrían haber provocado una lesión aún más grave.
Y entonces aparece lo que realmente importa. No es solo lo que pasó, que me dolió y sorprendió, es lo que revela.
Porque lo ocurrido en calle 40, entre 1 y 3, no es un hecho aislado. Es un síntoma. Una muestra de esa violencia contenida que parece estar latente, esperando cualquier excusa para salir…Un ladrido. Una mirada. Una diferencia mínima y estalla.
Sabemos que quienes tenemos mascotas debemos cuidarlas, acompañarlas y hacerse responsables. Pero también sabemos que hay conductas que son propias de los animales, imposibles de evitar por completo. Lo que sí debería poder evitarse es la violencia humana, esa que no mide. esa que no piensa. esa que golpea sin necesidad y sin culpa.
Tal vez lo más inquietante no sea el hecho en sí, sino la naturalidad con la que puede ocurrir. La facilidad con la que alguien cruza un límite, hoy fue un animal indefenso. Mañana, ¿qué o quién?
La pregunta queda flotando, incómoda pero necesaria:
¿Cuánta violencia estamos acumulando como sociedad?

